Huyendo del amor de mi vida

Huyendo del amor de mi vida

Tecleo ‘vuelos Interjet’ en el ordenador, buscó alguno que salga esta misma noche con rumbo a cualquier parte del mundo, sólo deseo escapar, no estoy listo para dar el siguiente paso, creí estarlo, por lago le di el anillo de compromiso, por algo me arrodillé para preguntarle si quería convertirse en mi esposa. Pero ahora no estoy convencido, estoy aterrado. Sé que será un cambio importante en mi vida y no estoy listo. Prefiero huir, quedar como un cobarde ante los ojos de la mujer más maravillosa que he conocido en mi vida y ante todo el mundo. Reconozco que no suena lógico, pero esa es la lógica de un hombre atemorizado por el compromiso.

Gasté más de lo que debía en un boleto de ida que no tenía regreso. Corrí a la sala de espera para buscar mi zona de abordaje, no podía perderlo. Ya no era el momento de arrepentirme y quedarme a la espera de que las cosas sucedan a mi alrededor, que sucedan después de que mi mente pensó en el ‘suicidio’ sentimental. Sería vergonzoso casarme sabiendo que había querido huir pero no lo había logrado. O quizá sería obra del destino, que me decía que el error sería huir y no casarme con la mujer que amo. Pero como les dije, la lógica y el temor son la peor combinación que existe en este planeta.

Logro subir al avión, me siento y suelto un suspiro de alivio con una gran carga de sentimientos encontrados. “Soy un cobarde”, me repetía una y mil veces. Tanto sufrí y lloré durante mi Juventus diciendo que nadie había nacido para mí y que yo no había nacido para amar, como diría Juan Gabriel. Ahora que la encontré, que tuve una relación de tres años y que estábamos a punto de consumarla para seguir adelante como marido y mujer, salí corriendo con la idea de que si me quedaba lo iba a arruinar como con todas mis parejas anteriores. Sabía que siempre hacía o decía algo que mandaba todo al traste. Creía que ese iba a ser mi destino. Como Ted Mosby me iban a dejar plantado en el altar, lo que sería una pena más grande que el que me vean como un cobarde. Estaba siendo egoísta, lo sé. Por lo menos ella se enterará un mes antes de la boda que me fui, así que no se quedará plantada. Eso me reconforta. “No puedo volver, no puedo volver, no puedo volver”, me repetía una y mil veces. Desconozco si mi mente o mi corazón querían que bajara de ese avión antes de que despegara.

La puerta se estaba cerrando cuando se detuvo. Alguien gritaba que no cerraran la puerta. Mi corazón se aceleró. Una chica estaba implorando a gritos que no cerraran la puerta. Mi cabeza comenzó a hacerse a la idea de que mi prometida había descubierto mi plan y logró encontrar mi vuelo. Quizá era ella. ¿Otra obra del destino para que me quede? No. Sólo era una pasajera que había llegado tarde.

Vi cerrar la puerta de abordaje. Los motores se encendieron y despegó. Desde la ventana de la sala de espera vi cómo se perdía el avión entre las nubes el gran pájaro de metal. No podía abandonar la poca felicidad que me había dado la vida al conocer a la mujer de mi vida. Debía abrazarme a ella y nunca jamás contar esta experiencia. Hasta hoy. Que la lea quien la tenga que leer.